Con el descubrimiento del fuego, el hombre aprendió a utilizarlo para defenderse de los depredadores, cocinar sus alimentos, calentarse en el frío y alumbrarse en la noche.

Al principio utilizaba troncos y ramas secas y al descubrir el petróleo, logró aprovechar el fuego por más tiempo, ya que duraba más en consumirse que la madera seca.

El petróleo se conoce desde la prehistoria. La Biblia lo menciona como betún, asfalto o brea. Por ejemplo, vemos que, en el Génesis, capítulo 11 versículo 3, se dice que el asfalto se usó para pegar los ladrillos de la torre de Babel; asimismo el Génesis, capítulo 4 versículo 10, nos describe cómo los reyes de Sodoma y Gomorra fueron derrotados al caer en pozos de asfalto en el valle de Siddim.

Noé usó esta sustancia para calafatear el arca y hacerla impermeable (Génesis 6:14) y la madre de Moisés, no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una cesta de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río (Éxodo 2:3).

También los indígenas de la época precolombiana en América, conocían y usaban el petróleo, que les servía de impermeabilizante para sus embarcaciones.

Durante varios siglos, los chinos utilizaron el gas del petróleo para la cocción de alimentos.

Sin embargo, antes de la segunda mitad del siglo XVIII, las aplicaciones que se le daban al petróleo eran muy pocas.

Fue el coronel Edwin L. Drake, quien perforó el primer pozo petrolero del mundo en 1859, en Estados Unidos, logrando extraer petróleo de una profundidad de 21 metros.

También fue Drake quien ayudó a crear un mercado para el petróleo, al lograr separar querosén del mismo. Este producto sustituyó al aceite de ballena, empleado en aquella época como combustible en las lámparas, cuyo consumo estaba provocando la desaparición de estos animales.

En Costa Rica, se utilizaba la leña para las cocinas, de las cuales, las más utilizadas eran la madera de café, que se obtenía de los arbustos de nuestro grano de oro, así como el cuajiniquil y el targuá, como las describe en “Mercando leña”, nuestro poeta vernáculo Aquileo J. Echeverría, en su célebre libro “Concherías”, ya que estos árboles eran “dundos” en la nostálgica Costa Rica de nuestros antepasados.

Para alumbrarse en las noches se utilizaban candelas de sebo, que se extraía de la grasa del ganado; la oligarquía cafetalera podía darse el lujo de utilizar elegantes lámparas con el mencionado aceite de ballena, importado de Europa.

Pues mientras el fino aceite de ballena era de un hermoso tono cristalino y transparente y que además no despedía ningún olor cuando se consumía, las candelas de sebo soltaban un desagradable olor a vaca muerta quemada, además de que dejaban unas corronchas difíciles de despegar de los muebles y recipientes donde se posaban y por si fuera poco, en ocasiones le explotaban chispas que hacían pequeñas quemaduras en la ropa.

En 1851, durante el primer período de gobierno de don Juan Rafael Mora Porras (1849-1853) se inauguró en Costa Rica el alumbrado público que funcionó con lámparas de querosén. Años después, durante la administración de Próspero Fernández (1882-1885), los señores Manuel Víctor Dengo y Luis Batres fundaron la Compañía Eléctrica de Costa Rica, con el interés de proporcionar alumbrado eléctrico a la ciudad de San José, pero esa es otra historia que ya la contamos en el artículo “¿Por qué los ticos decimos «trolear» cuando caminamos?”

Pues bien, las municipalidades contrataban a unos señores para que desempeñaran el oficio de faroleros, pues se encargaban de encender los faroles de querosén; colocados en las esquinas de las vetustas ciudades y pueblos de la vieja Costa Rica.

Andaban con una escalerita para subirse al poste, un trapito para limpiar el farol y los vidrios del mismo, un mechón encendido colocado en el extremo de una varilla, que era la yesca para encender el farol y una lata de querosén, con la que llenaban la pequeña cisterna que contenía el combustible para alumbrar el farol. Pasaban entre 5 y 6 de la tarde y los faroleros de más experiencia aprendían a vaciar la cantidad exacta, de modo que a las 6 de la mañana, la llama se extinguiera por sí sola.

El uso del querosén se popularizó en nuestro país y se usaba especialmente en lámparas y cocinas; incluso, se dice que la tea que usó Juan Santamaría para quemar el mesón en la Batalla de Rivas, fue empapada con esta sustancia.

El asunto es que se importaba en latas de uno y cinco galones y tenían una leyenda en inglés que decía: “Kerosene, the best you CAN FIND”, con las dos últimas palabras más resaltadas y más grandes que las demás. Esta leyenda, en español, quería decir “Querosén, lo mejor que PUEDE USAR”.

Pero como resulta que la gran mayoría de los ticos del siglo XIX, no sabían hablar inglés, obviamente no leían estas dos últimas palabras con la pronunciación respectiva, sino que simplemente pronunciaban “CANFÍN” y como estaba tan resaltado en la lata, creyeron que ese era su nombre.

Y desde entonces es que existe la costumbre, entre los ticos, de decirle “canfín” a ese líquido inflamable, derivado del petróleo, llamado querosén.

Imagen:

“Alumbrado”. Mentor Costarricense. Nº 53 (San José, Costa Rica) 8 de junio de 1844, página 180.

Autor:
Vinicio Piedra Quesada.

Costarriqueñismos, un encuentro con nuestra cultura, nuestros valores y nuestros sentimientos.

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